Antonio Santo - Periodista, escritor y músico

Sexo, drogas y rock´n´roll

Cuando se despertó, su mujer todavía estaba allí. Debería haber un nombre para la sensación que se tiene cuando uno abre los ojos, y lo primero que ve, a dos palmos de su cara, es una Medusa con rodajas de pepino sobre los párpados. Sin lugar a dudas, la palabra “terror” se queda corta. Tras el momento inicial de pánico y confusión, salió también del ensueño la parte de su cerebro que le decía quién era, dónde estaba y qué hacía allí. Lo malo es que, una vez recordados esos datos, ninguno de los tres le gustaba lo más mínimo.

Con un suspiro resignado, se levantó de la cama, pasó por el baño y bajó a desayunar. Volvió a quedarse dormido; el silbido de la cafetera le hizo dar un salto en la silla. En toda su vida no había llegado a acostumbrarse a levantarse temprano. A esta hora ni siquiera están puestas las calles, maldita sea; no hay nada lo bastante interesante en el mundo como para madrugar para verlo. Dicen que los amaneceres… Pero no: si fueran para tanto, con tal de atraer más turismo hace tiempo que lo habrían arreglado para que amaneciera a una hora decente. A las 12 del mediodía, por ejemplo. Es que este mundo está muy mal organizado, joder.

Había empezado a tragar a sorbos pensativos aquel café cuando escuchó el “tap, tap” de las zapatillas de su mujer saliendo del dormitorio, y luego un ruido aún más terrorífico: el de las pesadas botas de su hijo, que debía de estar levantándose ya para ir al instituto. Las puertas de los dos cuartos se fueron abriendo a la vez con un chirrido. Aquello era como la banda sonora de una película bélica justo antes de una batalla. Mierda, mierda, aquí va a haber un bombardeo, y yo estoy en el centro de la equis. Con lo bien que estaba yo durmiendo. Lo que hay que hacer para trabajar.

Su mujer y su hijo se cruzaron ya en el pasillo. Cuando ella le dijo a él que si de verdad iba a ir a clase con esas pintas, se produjo lo que a escala internacional habría sido la retirada de embajadores. A la altura de la puerta de la cocina, él le respondió a ella que iría como le saliera de las narices (el equivalente a situar misiles nucleares apuntando a la capital de tu interlocutor). Cuando ella gritó en contestación que mientras él viviera en su casa, cumpliría sus normas, se rompieron definitivamente hostilidades, dos tazas de café y un plato de postre. La airada Medusa conyugal se giró hacia su marido, que desayunaba mirando al techo y tratando de pasar lo más desapercibido posible detrás del azucarero.

– ¿Vas a permitir que tu hijo se comporte así?
– Pero, cariñ… – trató de responder levantando una tostada a modo de escudo. Sin darle tiempo a terminar, su hijo le increpó también:
– Papá, ¡mamá está loca! ¡No pienso vestir como a ella le dé la gana!
– Verás, hijo, la cosa es que…
– ¡No me puedo creer que te vayas a poner de parte del niño!
– No, querida, lo que iba a decir es…
– ¡Idos los dos a la mierda! ¡Ya desayunaré en el instituto! ¡Me voy!
– ¿Ves, ves lo que has conseguido por no ponerte firme? – su mujer se había girado; él habría deseado convertirse en piedra en aquel preciso instante.
– Sí, cariño, lo veo, y no te imaginas qué claro lo veo… En fin, tengo que irme, ya sabes cómo se pone el tráfico y tengo que estar a las 9…

Salió de la casa ciertamente aliviado; subió al coche, puso un disco de su grupo favorito y encendió un cigarro. Aprovechaba aquellos ratos para fumar tranquilo: ya no se podía en casi ningún sitio, y en casa, desde que su mujer decidió dejar de fumar, la nicotina estaba totalmente proscrita. Mientras tragaba humo, pensó en todo lo que tenía que hacer esa mañana y se le echó el mundo encima. Miró el reloj: iba con tiempo de sobra. Se le ocurrió algo para aliviar la tensión: unos días antes había encontrado en un pantalón de su hijo una chinilla; jachís como para un porro. Le había cogido también papel de fumar, pensando en un momento como éste. Recordó lo bien que le sentaban; había tenido que dejarlo por causa del trabajo, porque le daban dolor de garganta. Sí, sin duda era justo lo que necesitaba: un canuto tranquilo, para relajarse, olvidarse del follón del desayuno y empezar el día con mejor pie.

Sólo había un problema: ¿dónde iba a fumárselo? Tenía tiempo para pararse un rato, pero no como para perderse de vista lo bastante. En el coche no podía ser: para empezar, porque cualquiera podría verlo; para seguir porque su mujer había desarrollado un olfato digno de un perro de aduanas. Tampoco podía fumárselo al llegar, a escondidas, por culpa de la dichosa prohibición de fumar en sitios cerrados. Y desde luego, en la calle no iba a encenderse aquel porro con forma de antorcha que acababa de liarse. ¿Qué hacer? ¿Iba a quedarse al final con la miel en los labios y atacado de los nervios, con aquel canuto liado y guardado dentro del paquete de tabaco? ¡De eso nada! En su interior fue como si algo pequeñito se levantara y gritara (con una voz muy finita, eso sí): ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Este canuto me lo fumo yo, por mi tranquilidad, por los derechos y libertades universales de todo hombre y por mis santos cojones!

Así que se armó de valor y paró en una gasolinera. Llenó el depósito, aparcó el coche, pagó y pidió las llaves de la caseta del baño, que estaba algo alejada de los surtidores. Una vez dentro, con el pestillo bien echado, encendió el condenado porro y, con una cara de satisfacción inmensa, aspiró el humo espeso y sintió cómo se le relajaba la colección de contracturas nerviosas que tenía en la espalda.

Cuatro caladas más tarde, alguien trató de abrir la puerta del baño. Ocupado, exclamó él. Un minuto después escuchó una tosecilla al otro lado de la puerta. Apenas un segundo más tarde, una voz engolada le preguntó si le quedaba mucho. No, contestó, salgo en un minuto. Tenga paciencia. Empezó a fumar más deprisa: aquel hombre le iba a ver las pupilas dilatadas, los ojos rojos; luego distinguiría aquel humo de olor amarillo y entendería lo que había estado haciendo. Si ya está prohibido fumar en una gasolinera, más aún fumar algo ilegal. Podía llamar a la policía, podían ponerle una multa, y quizá llegara tarde, y eso sí que no se lo podía permitir. Cada vez se iba poniendo más nervioso.

Cuando ya empezaba a pensar que se había marchado el de la próstata impaciente, volvió a escuchar aquella voz desagradable. Disculpe, señor, decía, sale humo de las rejillas de ventilación, ¿no estará usted fumando? No, qué voy a estar fumando, respondió él, está prohibido fumar en las gasolineras. Por eso le pregunto. Tarda usted mucho en salir, ¿va todo bien ahí? Claro, no se preocupe. No se escuchó nada más. Algo más calmado, dio las últimas caladas al porro, lo apagó y lo tiró a la papelera. Cuando abrió la puerta, con absoluto terror vio que el muy imbécil había ido a llamar al encargado de la gasolinera.

– ¿Ocurre algo? – preguntó a los dos hombres, mientras se decía “hijo de puta, hijo de puta, un día te buscaré y te mataré de algún modo terriblemente doloroso y humillante, por negarle un placer a un condenado. Cabronazo”.
– Disculpe, caballero, ¿sabe que está prohibido fumar en las gasolineras? Este señor me indica que estaba usted ahí encerrado y había humo…
– Lo sé, lo sé, ya estaba todo ese humo cuando yo he entrado.
– Pero eso es imposible… Ha sido usted el primer cliente en entrar en toda la mañana.
– Pues qué quiere que le diga… – mierda, touché. Vio cómo la cara de sus dos interlocutores se contraía súbitamente; el de la voz estirada levantó una mano hacia él. Vencido y sin saber qué decir, farfulló – No veo ninguna razón para que me acusen de…
– ¡La papelera está ardiendo!

Quince minutos de carreras, extintores, explicaciones embarulladas, excusas y disculpas más tarde, pudo marcharse de aquella gasolinera maldita. Por desgracia, para esas alturas el esperado efecto relajador del porro se había disipado por completo. Mierda. Llegó al fin a su destino; aparcó el coche y entró en el edificio. Una recepcionista le saludó con tanta reverencia que parecía tener una bisagra en los riñones. Él, súbitamente cambiado, caminó con zancada tranquila hasta ella, la miró de arriba a abajo y le lanzó un piropo más bien tirando a desagradable, que fue recibido con una risita tímida y un “¡Ay! ¡Cómo son ustedes!”.

Le condujeron a la sala de maquilladores. Preguntaron si quería algo de beber, tuvo que reprimir las ganas de pedir un zumo de naranja, en pro de la imagen pública; así que, con voz cazallera, pidió un whisky doble con mucho hielo. Una nube zumbona de maquilladores, peluqueros y estilistas revoloteaba a su alrededor, cambiando de sitio cada vez que él movía la cabeza. Recordó aquel refrán: “cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo”. Si fuera verdad todos aquellos moscones habrían caído espachurrados en aquel preciso instante. Aunque le haría falta un rabo del tamaño de una farola.

Cuando por fin lo dejaron solo en el camerino (“sale usted a plató en 5 minutos”) tiró el whisky doble por el retrete y abrió un periódico. Era el único momento de calma que le habían dado en toda la mañana: lo dedicó a hacer un crucigrama. Mientras lo iba rellenando (“horizontal: tedio, seis letras”) pensó cuánto odiaba la televisión. Aún así, no le quedaba más remedio que pasar por el aro, salir a cámara y hacer el paripé acostumbrado. En este negocio, o te ayudan los de la tele o te mueres de hambre.

Un minuto más tarde fueron a buscarle. Llegó hasta su marca y esperó la señal del regidor. En plató, la presentadora exclamó con una sonrisa enloquecida: “Y ahora, les pido un fuerte aplauso, porque vamos a recibir a toda una superestrella. Con todos ustedes, ¡Rockillo!”.

Él salió a la carrera, haciendo los cuernos con las manos, enseñando la lengua. Llegó al escenario, se colgó la guitarra y desgarró un acorde atronador. Cuando gritó “¡buenos días, y toda esa mierda que se dice!”, el público enloqueció aplaudiendo. Mientras empezó a cantar las primeras líneas de una canción que había escrito hacía 15 años, se repetía a sí mismo: “Sexo, drogas y rock´n´roll, decían. Anda que, para lo que hemos quedado…”.

Publicado en la revista Yerba en ¿2005?

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