Antonio Santo - Periodista, escritor y músico

La encrucijada egipcia

Escribí este artículo cuando comenzaron las revueltas en Egipto de la Primavera Árabe, con el objetivo de intentar explicar algunas cuestiones históricas necesarias para comprender la actual situación.

En los últimos días estamos viviendo una de esas raras ocasiones en las que somos conscientes de asistir a una encrucijada de la Historia. Egipto se encuentra en un momento decisivo para su futuro, y si finalmente Mubarak cae es muy posible que las revoluciones se extiendan por todo el ámbito arabomusulmán1, por lo que el mundo no volvería a ser el mismo. Como el otro día escuché a alguien decir que ni siquiera sabía que en Egipto y Túnez había dictadores en el poder (porque, de hecho, hasta ahora EEUU y la UE los ha tratado como a inocentes y benditos presidentes democráticos), conviene que entendamos cómo se ha llegado hasta este punto.

Cuando al fin consiguen terminar la faraónica obra (nunca mejor dicho) del canal de Suez en el año 1869, Egipto se convirtió por arte de birlibirloque en un país sumamente apetecible para cualquier potencia europea: un país rico en materias primas, en el centro de las rutas de comunicación de todo el mundo arabomusulmán (con un Imperio Otomano aún fuerte, pero ya en decadencia), gobernado por un rey medio chalado (de nombre Faruq I) que no tenía mucho interés por todo lo que no fueran los coches caros, y para más inri con un canal que permitía pasar del Mediterráneo al Mar Rojo y evitar así la peligrosa circunnavegación de África. Y todo ello por el mismo precio: someter y sojuzgar a un montón de gente cuyo único afán en la vida había sido, durante muchos siglos, esperar a que el Nilo bajase para sembrar arroz.

Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas...

Nunca se han visto las pirámides de Egipto tan poco transitadas...

La construcción de una maravilla arquitectónica como el canal de Suez costó un dineral, pese a la cantidad de esclavos ejem, humildes y patriotas campesinos llevados a golpe de látigo conducidos amablemente desde cada rincón del país. Los europeos le hicieron una bonita jugada a Egipcio: le prestaron el dinero para construir el canal… y después presionaron para que, empujados por la deuda, no les quedara más remedio que venderlo. ¿A quién? A los europeos, claro. Para ser más exactos, a los ingleses, que compraron el canal en 1875 y, ya de paso, se aseguraron de que a los egipcios no se les ocurría la loca idea de nacionalizarlo instalándose allí en 1882 como un protectorado. De este modo estos hijos de la Gran Bretaña sustituyeron a Francia como potencia colonial en Egipto y obtuvieron acceso a la ruta comercial marítima más valiosa de la época.

 

Las siguientes décadas son un tira y afloja entre el Reino Unido y la monarquía egipcia: en los años 20 se declaró formalmente la independencia del país y en los 30 se rompió el tratado anglo-egipcio, pero en la práctica Inglaterra siguió cortando el bacalao hasta que el Movimiento de Oficiales Libres entró en escena. ¿Y quiénes son esos Oficiales Libres, con mayúsculas? Nada menos que una sociedad secreta formada por militares de alta graduación con una ideología bastante difusa que puede resumirse en una especie de panarabismo socialista, en echar a los ingleses de Egipto y en instaurar un régimen democrático. Como todo esto quedaba genial sobre el papel, desde el último campesino al imán más exaltado todo Egipto apoyó al Movimiento y a su líder (y fundador) Gamal Abdel Nasser, que a la postre y después de un par de idas y venidas políticas por un quítame allá ese rey acabaría siendo el primer mandatario de origen egipcio desde los tiempos de las pirámides2.

Tras intentar sin mucho convencimiento una monarquía parlamentaria, Nasser acabó hartándose, dando un golpe de estado y poniendo de patitas en la calle a Su Majestad Faruq I, por la Gracia de Dios Rey de Egipto y de Sudán, Soberano de Nubia, Kordofán y Darfur y un sinvergüenza de mucho cuidado. Durante 14 años Nasser ejerció de presidente del país con algunas buenas ideas (como declararse no alineado en la Guerra Fría), otras no tan buenas (como crear un solo país uniéndose a Siria; la extraña aventura duró sólo 3 años) y algunas auténticamente desastrosas (como creer que podía ganarle una guerra a Israel, error que el país hebreo tardó sólo 6 días en subsanar3). En 1970 murió de un ataque al corazón y le sucedió al mando Anwar al-Sadat.

Ya nos vamos acercando a lo que nos interesa. ¿Cómo que le sucedió al mando? ¿No habíamos dicho que Nasser quería instaurar una democracia y todo eso? ¿Desde cuándo un presidente manda durante 14 años y a su muerte es sucedido por otro sin que haya elecciones de por medio? ¡Ay, amigos, éste es el quid de la cuestión! Aunque, para lo que podrían haber sido, ni Nasser ni al-Sadat fueron presidentes demasiado malos, como buen militar revolucionario que se precie ninguno estaba interesado en la democracia hasta que no estuviera, ya saben, terminado su proyecto revolucionario. Así que al-Sadat siguió a lo suyo. Tomó algunas decisiones que, vistas en perspectiva, fueron buena idea, como hacerse amiguito de EEUU y silbar y mirar a otro lado cuando desde la URSS le recordaban los arrumacos que le hacían a Nasser antes de su revolución, o dejar de guerrear contra Israel tras ponerlos contra las cuerdas en la Guerra del Yom Kippur4. Comenzó a implantar el liberalismo dentro de Egipto y trató de reducir la influencia (a menudo mediante el uso de la fuerza) de organizaciones integristas como los Hermanos Musulmanes. Le dio tiempo a ganar un Nobel de la Paz antes de que en 1981 un grupo de militares fanáticos lo asesinara a tiros durante un desfile militar.

¿Y sabéis quién estaba también en la tribuna donde al-Sadat fue asesinado (aunque tuvo suerte y no fue herido)? Efectivamente: el actual presidente (esperemos que no por mucho tiempo) de Egipto, Hosni Mubarak, militar como sus dos predecesores y que se las apañó para colocarse en la butaca aún caliente de al-Sadat. Desde entonces ha “ganado” cuatro elecciones más (en Egipto, las elecciones se convocan cada seis años), todas ellas con sospechas y acusaciones de pucherazo5. Y en ese tiempo ha continuado la política de su antecesor de llevarse bien con EEUU e Israel, extender el liberalismo por su país y contener a los islamistas (y de camino a cualquiera que solicitara libertades, reformas democráticas y tonterías por el estilo). Pese a tanto trabajo ha conseguido que su familia se haga sospechosamente rica en un tiempo récord6 y para auspiciar políticos que, invariablemente, acaban envueltos en tremendos escándalos de corrupción. ¡Ah, los prohombres, cómo saben aprovechar el día!

Quizá se pregunten ustedes cómo hemos llegado hasta este punto, por qué la comunidad internacional ha permitido que nada menos que tres dictadores hayan pasado por un país tan cercano, aplastando las libertades de su pueblo con la excusa de una revolución socialista. Si realmente son tan ingenuos, miren a su alrededor y pregúntense por qué el desembarco de Normandía se quedó en los Pirineos y no siguió bajando hasta la bahía de Cádiz. Si con eso aún no se lo explican, piensen que el hecho de que Mubarak apoye a Israel, y por tanto los intereses geoestratégicos de EEUU en la zona (lo cual conlleva que el resto de países arabomusulmanes te miren con cara rara) no podía ser gratis.

En fin, ya termino. Las causas de todo este follón pueden encontrarse en el pasado reciente de Egipto: un pueblo empobrecido y casi esclavizado durante siglos, al que por estar en un enclave estratégico medio mundo les ha ido prometiendo de todo sin que nadie cumpliera la única promesa que querían ver realizada: la libertad. La televisión lleva mostrando las idealizadas imágenes de un mundo lleno de coches caros, videoconsolas de última generación y chicas en bikini. Internet ha sido la gota que colmaba el vaso: una forma de organizarse sin llamar la atención de la policía, un medio de comunicación con cualquier lugar del mundo para saber que no hay por qué conformarse con seguir siendo un siervo. A esto hay que sumar los tradicionales enemigos del régimen, que no tienen tan buenas y democráticas intenciones, aunque ahora vistan piel de cordero… Pero de eso hablaremos en la segunda entrega de este pequeño monográfico, que ya les he dado bastante la chapa por hoy. En la próxima ocasión veremos con más detalle quiénes son los protagonistas de esta historia: Hosni Mubarak, los Hermanos Musulmanes y al-Baradei. Hasta entonces, pórtense bien e intenten no iniciar ninguna revolución sin avisarme.

1 Recordemos que, aunque los metamos en el mismo saco por su lengua común (y por comodidad, para qué engañarnos), “árabe” y “musulmán” no es lo mismo. Vamos a explicar una obviedad: de raza árabe son sólo las personas originarias de la península arábiga y algunos países circundantes (Siria, Líbano, Jordania e Iraq). De cultura árabe son las personas que hablan árabe y comparten el sustrato cultural árabe: los países del Maghreb, por ejemplo. De religión musulmana, pues eso: los que creen que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta. Pero hay árabes cristianos (como los coptos y los maronitas) y musulmanes de cultura no árabe (como los iraníes, que son de cultura persa y hablan farsi… y como cualquier musulmán europeo o americano). Así que cuando hablamos de “mundo arabomusulmán” hacemos una mezcla de ambos conceptos: países de cultura árabe y de religión musulmana, es decir: todos los países que hasta la I Guerra Mundial formaban parte del Imperio Otomano.

2 No, no es una exageración. Entre ptolomeos, romanos, sátrapas, gobernadores otomanos, franceses, ingleses y la madre que los parió a todos, los egipcios no se gobernaron a sí mismos durante más de 2.000 años, lo cual puede explicar por sí solo que estén tan cabreados.

3 Ironías de la vida: “Nasser” significa en árabe “vencedor”.

4 Idea que, sin embargo, ha sido una de las causas de la terrible situación que viven los palestinos. Al parecer, en política internacional nunca llueve a gusto de todos.

5 “Sospechas” es una forma de decir “todo el mundo sabe que las elecciones son una broma”.

6 Por cierto: el mismo Mubarak hablaba de vez en cuando de sus hijos como posibles sucesores. Cómo se realiza el proceso de sucesión en un régimen supuestamente democrático es algo que, y ya lo siento, se me escapa.

 

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  1. Pablo dice:

    Divertido a la par que esclarecedor. Recomiendo este artículo a los iniciados en este maravilloso mundo de entender qué carajo pasa a nuestro alrededor.

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