Antonio Santo - Periodista, escritor y músico

Hay tantas cosas por quemar

Enciendes un mechero y piensas en cuántas cosas te gustaría ver ardiendo y lo apagas antes de que decidas encargarte tú mismo de ello. Día tras día escuchas las mismas voces hablando sin parar como un mantra a la estupidez, como si se limitaran a cambiar las palabras de orden esperando que en algún momento cobren sentido, que se conviertan en un conjuro que mágicamente abra la caja de la realidad y extraiga lo que sea que esconda dentro.  Pero sabes que ya no hay magia, que los dioses murieron hace mucho tiempo y no hay nada que pueda sustituirlos, que el mundo está cartografiado y aquí no hay monstruos ni mares tenebrosos ni tierras lejanas donde nazcan magos que enseñen a sacar espadas de una piedra. Y te levantas y paseas por la casa y piensas en que el camino al infierno no está empedrado de buenas intenciones sino de horas perdidas, e imaginas cajones llenos de cuchillos y cortes de navaja en la oscuridad y también en teléfonos que no paran de sonar y nadie contesta. Abres la ventana y esas malditas voces no callan y siempre te susurran que qué pasaría si saltaras que estaría bien poder mirar tu propio funeral qué interesante forma dibuja tu sangre al resbalar calle abajo. Y te parece normal que a la gente le gustan esas historias y juegos en los que un cualquiera se convierte en héroe, no por imaginar que podrían ser ellos sino porque realmente haya héroes pero no los hay, no hay segundas oportunidades, tú ni siquiera has tenido una primera oportunidad que desperdiciar. El lado del río equivocado o quizá el cerebro equivocado o es una crisis de valores o tal vez sólo es cuestión de que hay tantas cosas por quemar porque nada ha empezado a arder pese a todo y la calle sigue tan tranquila mientras mira, mamá, hay un hombre en la cornisa pero no eres tú porque cerraste la ventana, o quizá no lo hiciste ni apagaste el mechero y estás mirando al fuego fijamente y dentro del fuego te ves a ti y una voz que dice salta o tal vez sea sólo un error de perspectiva y tú estás abajo, mirando a un hombre a punto de saltar o a un cadáver y pensando sí que es curioso el dibujo que hace la sangre. Y miras fijamente el fuego y esta vez sí apagas el mechero, sacudes la cabeza, envías las voces de vuelta a su infierno y enciendes el ordenador tratando de no mirar por la ventana.

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